Tuesday, May 21, 2013

Maryland, 1849



No es mi intención narrar la extraña y dolorosa pérdida de un hombre arrepentido, tampoco traigo entre manos la respuesta a un misterio que parece ya haber quedado por siempre en el olvido, es un simple relato dedicado a aquellos que sumergidos en la penumbra de un cuarto sombrío leen las líneas de un apasionado genio a quien debo los inicios de esta humilde habilidad; ¡locura! Gritan algunos desde sus tribunas falsas, ¡grotesco! Gritan otros desde su abismal ignorancia – casi tan abismal como con la que Dios me ha condenado -  y aquellos otros que susurran gritando, que danzan al caminar, “¡Bravísimo!” esos que por vomitar adjetivos se sienten parte de algo que no es más que una simple máscara, una simple ilusión – un sueño dentro de un sueño quizás - . Y ahora con gran aplomo decido detener esta plegaria oscura para narrar la trágica historia del joven Dean Rain.

Fue aquella una tarde lluviosa – más de lo que esperaba – nos encontrábamos descargando la mueblería elegante de quien fuera duquesa de York en los viejos muelles de Maryland. Aquel era un sitio que desde pequeño me olía a orine y a tristeza, confieso que por esa misma razón decidí hace mucho tiempo ser marinero para la compañía Beckett, la tristeza me perseguía por doquier, era casi como una amiga, como una dama con quien podía compartir mis más terribles secretos; es incluso interesante notar que Maryland había sido poseída por las terribles sombras que deja la muerte en sus senderos inevitables, que tanta gente haya muerto en tan poco tiempo de tan horrenda enfermedad como lo es la tuberculosis… y que yo siga aquí, vivo. ¡Máscara de la muerte roja! - Aullaban los miserables en las calles- sangre que manchaba las sábanas de las familias, sangre que contagiaba la peste a culpables e inocentes.

Un bote de madera no era más que la ilusión de escape, eso al principio, luego se transformó en una maldición, debía existir otro escape, otra salida, aquella tarde lluviosa… 

La mueblería era tan pesada como las ideas y como el deseo de beber más ginebra, era tan desgraciada la duquesa que nos pagaba con alcohol, nada de piezas de ocho, nada de fortines ni monedas de plata, alcohol… era como recibir instrucciones para conseguir nuestro propio Entierro prematuro, ¿o no?  

Halábamos con fuerza las cuerdas que servían de polea para poner las pesadas piezas de madera en su posición correcta,  éramos ese chico pesimista llamado Dean y yo, siempre balbuceaba sobre todo lo que podría salir mal, siempre vociferaba sobre aquello con lo que no estaba de acuerdo, tratando de hacer molestar a los marineros y a los cargueros, lo que nunca entendí fue ¿por qué seguía ahí? ¿Por qué seguía danzando como un mono que baila por monedas? ,  halábamos con fuerza cuando de pronto una de las piezas cayó al agua con fuerza, era un tonel que parecía contener algo muy valioso dentro, Dean, empezó a burlarse del carguero que había fallado en su tarea de sostener el tonel, yo simplemente decidí saltar al agua – por muy fría que pudiese haber estado-  para asegurarlo de nuevo, para salvar lo que sea que haya estado ahí adentro.

Leía “Tonel de Amontillado” en la superficie – curioso nombre – pensé. Logre pasar la soga por debajo del mismo y amarrándola al soporte de candado hice la seña para que empezaran a elevarlo, ya estaba a punto de llegar a su destino cuando de pronto el Tonel se quebró y dejo caer cientos de monedas de plata, lo que vi a continuación fue sólo un instante de victoria, victoria por entender  con tal exactitud lo que pasa por la mente de los hombres que creen saberlo todo. Los marineros saltaron al agua para recolectar la mayor cantidad de monedas posibles, todos como bárbaros hambrientos y furiosos.

Y no pude ser la excepción, lo confieso, mis ganas de saborear el dulce licor del Bar Hopkins eran demasiado profundas para no robar un par de monedas, para no convertirme en lo que más odio en esta vida, lo que no pudo faltar, desde luego, era la voz quebrada e insegura de Dean Rain quejándose de los carpinteros que hacen esos toneles ingleses, vociferando que no hay poesía en la madera de los difamados que hacen de nuestro trabajo un pesar, criticando vox populi a los trabajadores de la leña por no poder construir un sencillo tonel que resistiese un poco de lluvia.

No era de mi agrado, de hecho, lo odiaba y soñaba con matarlo, a veces podía escuchar su corazón latir desde el otro lado de nuestra embarcación, “Annabel Lee” , quería degollarlo, pero, había una cosa, una pequeña cosa que teníamos en común, esa que no me permitía acabar con su vida. Éramos ambos fanáticos de ese escritor malhumorado, terco, violento y brillante llamado Poe.

Nuestras discusiones eran duras, a veces, terminaban en insultos, otras en golpes, huesos rotos, pero, había ocasiones en las que simplemente él se quedaba sin argumentos válidos para defender el porqué de sus razones, de sus ideas.

Todo quedó siempre – de alguna manera – dispuesto para que terminásemos en la taberna del Viejo Valdemar, ya saben, ese viejo de la calle Morgue, ése a quien inculparon del horroroso doble homicidio en el cual perdieron la vida la señora Roget y su hija; El viejo Valdemar parece loco pero no pasa de ahí, el hombre presentó su propia defensa ante el jurado, por supuesto que nosotros seguíamos asistiendo a su taberna, digamos que era, “exclusiva” de algún modo. ¿Cuál no sería la sorpresa de todos los chismosos y malhablados cuando fue revelada la verdad? Que el culpable de esos terribles crímenes, Los crímenes de la calle Morgue, habían sido perpetrados por un gorila el cual se había escapado del zoológico unos días atrás. La gente de Maryland no es muy entusiasta, ni es de muchos prejuicios, pero  al viejo Valdemar todos, absolutamente todos, le tenían miedo.

Aún así era nuestro lugar favorito, el viejo nos esperaba siempre con sus jarras de acero alemán, con su ginebra de York y lo más importante con los mesones listos para nuestras próximas discusiones de ebrios y vagabundos, en fin, era como nuestro hogar, como nuestro pequeño reino junto al océano, justo ahí, en Maryland.

Entramos aquella tarde en la taberna, todo parecía estar en orden, la luz tenue de las lámparas de gas, el olor del delicado hilo de humo negro que éstas despedían, la madera mohosa y los borrachos de siempre, esas almas en pena que buscan olvidar todo sumergidos en el delirio de un vicio que transforma hasta a los más nobles caballeros en bestias desencadenadas.

Dean tomó la primera jarra y derramó cerveza tanto en su vieja camisa de algodón desgastado como en la crujiente madera que se mantenía firme aún después de tantas trifulcas, de tantos problemas. El sabor amargo dejó de ser un simple sabor y se tornó en algo más, en una sensación cálida que recorre la espalda y se apodera de los sentidos – Emerson es un hipócrita bandido, un plebeyo - ¡Calla, muchacho insolente! – Gritó Valdemar desde el otro extremo de la taberna, - Emerson es un maestro -.

- Nadie como Poe, viejo loco, tenemos que admirar sólo dos tipos de escritores estos días, los nuestros y, por supuesto,  a los franceses; verán que en los periódicos de esta semana aparecerán publicados uno o dos cuentos de un joven escritor francés de apellido Verne, es magistral, ya tuve oportunidad de leerlos en nuestra pequeña parada en Paris, se los recomiendo con el alma, no como esos cuentos de segunda mano que buscan ser como los grandes, como Poe, como Stevenson… - Dijo el joven arrogante.

El aire empezaba a ponerse tenso, quizás un poco más de lo normal, sentía cómo la sensación de desagrado y repugnancia empezaban a apoderarse de mí, era la cruzada que debía enfrentar cada vez que tocábamos puerto en Maryland, era la maldición de tener a tan vil espíritu cerca de mi balbuceando sandeces por doquier, vociferando su profunda inmadurez a los cuatro vientos, eso y la tentación de la ginebra clara y de la cerveza ámbar, todo siempre fue tan complejo, siempre tan complejo…

El sonido de los truenos inundaba hasta al último y más inmundo de los callejones Baltimore, la lluvia amenazaba una vez más la causante de retrasos en las entregas de mueblería a lo largo del país,  clientes empapados entraban asustados en la vieja taberna narrando historias de dolor y desagrado, todo aquello producto de la terrible tormenta y de los truenos, y de los truenos…

¿Qué te pasa? No vas a discutir conmigo? – Me preguntó un ebrio Dean Rain que empezaba a mostrar signos de violencia – Volteé mi mirada y le vi  directamente a los ojos,  aquellos ojos llenos de amargura y desdén, y sólo pronuncie una frase – mi frase favorita – nunca más…   

El joven Rain, molesto, se puso de pie y tumbando un par de sillas gritó – ¿Qué carajo hace un marinero creyendo que es capaz de utilizar palabras de Alan Poe? ¿Qué carajo hacen ustedes leyendo esos periódicos de mierda? Nadie hace nada bien aquí, nada de esto está bien, esta maldita ciudad y su maldita lluvia, el puerto, La caída de la casa de Usher y ahora esta burla… ponte de pie, marinero y enfrenta a tu destino…

Dean Rain subió los puños y empezó a tambalearse como podía de un lado al otro, el alcohol etílico había hecho de este muchacho desganado y de aspecto extraño, un bufón sin coordinación alguna. A lo que yo respondí: nunca más… 

¿Cómo te atreves maldito insolente? , ¿Qué acaso no ves lo grande que es él y lo diminutos que somos nosotros? – entonces Dean se montó en uno de los largos mesones rectangulares y sacó de su cinturón un viejo revolver, cargó el arma y empezó a apuntar a todo aquel que estuviese en su campo visual. La gente, por muy ebria que estuviese, no vaciló en lanzarse al suelo – siempre cuidando que no se derramase ni una gota de licor – para evitar despertar el clímax de la ira de este melancólico personaje aturdido por la vida y por él mismo… - Ya veo, así que no vas a decir nada más, ¿cierto? ¡Cobarde! Como todos en esta taberna del infierno, ¡cobardes como víctimas de La muerte y el péndulo! – Dean Rain estaba enfurecido, su locura nunca había llegando tan lejos, ¿o sí?

De pronto, una figura sombría entró a la taberna, era un hombre de mediana estatura que vestía un desteñido y empapado sobretodo negro, sólo contrastado por el elegante pañuelo blanco que sobresalía justo debajo de su manzana de Adán, un fino sombrero  de ala corta que dejaba caer gotas apresuradas que buscaban refugiarse debajo de los tablones,  guantes de cuero negro y zapatos gastados.  Su rostro, el único elemento que no pude detallar.

El hombre, con una voz grave, dijo – Deja de hablar estupideces, no conoces ni a Dios ni a la suerte, ¿qué has escrito tú? ¿Qué podrías saber tú? Bájate de esa maldita mesa de madera y deja que podamos tomar cerveza en paz.

Dean, temblando del frio, movió el cañón de su arma hasta apuntar al pecho de aquel misterioso hombre, - Pide perdón por lo que has dicho, maldito vagabundo, ¡pide perdón o muere!
¿Que pida perdón? – preguntó el hombre.

Exactamente, maldito insolente
ignorante y borracho

A lo que el hombre respondió: Nunca más…

El sonido de la bala aturdió a todos los que estábamos presentes, un trueno más en el cielo atormentado de nuestros días, un momento de locura que estalló en sangre, una acción desmedida de un muchacho quien creía estar por encima del bien y del mal

Corrí a toda velocidad hacia el pobre desdichado, me arrodillé y tome su cabeza; el hombre sufría pues la bala había atravesado su esternón, tal vez había incluso rozado el corazón, un Corazón delator del más horrible crimen que esa taberna haya presenciado jamás…

Con las manos llenas de sangre y las rodillas raspadas por la vieja madera vi directamente a los ojos de aquel pobre diablo, entonces el terror se apoderó de mi, ¿era acaso posible? 

- Dígame, pobre hombre, dígame cuál es su nombre, por favor – 


A lo que el hombre respondió: Edgar Allan Poe.  

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Sunday, June 17, 2012

El banco, el farol y su luz blanca



La luz blanca aniquilaba mis ojos, el frío era intenso, tal vez porque era invierno, o porque sufría bajones de tensión constantes. No podía recordar cómo había llegado hasta aquel banco desolado, junto a ese farol, bajo su luz blanca, en aquella calle maldita…

La verdad era que todo se presentaba ante mí como vidrios empañados del pasado que no creía poder descifrar. Me senté, vi de un lado a otro pero la calle estaba total y completamente sola, los edificios parecían arboles gigantescos, sombríos, lúgubres; la neblina gélida se burlaba de mis piernas, las hacía temblar a su merced, tenía miedo, sí, pero, ¿de qué?

A la soledad tal vez, no me atrevía a levantarme de aquel banco, no quería siquiera pensar en lo que pudo haber sido, ni en lo que podría suceder luego, sólo quería quedarme ahí por siempre, solo, o por lo menos sin esa sensación macabra de que alguien observa desde allá, desde la ventana del tercer piso.

Tal vez un hombre me trajo hasta acá porque de nada le sirve un borracho a un bar, tal vez fui víctima de un terrible procedimiento quirúrgico del cual todavía no me he percatado, el horror, el miedo… Quizás esa ventanita de marco blanco putrefacto, de cortinas sin color esconde al asesino, al cirujano, al monstruo.

Mis sentidos se agudizaban, escuchaba a lo lejos el perenne estruendo del vacío, una impía calma que se apoderaba de los senderos desconocidos, intransitados de mi imaginación, la preocupación de mi propia existencia en aquel banco, debajo de aquella luz blanca insolente, mortal.

De pronto sentí que me observaban, primero,  desde el apartamento del piso tres, ese del edificio que estaba cruzando la calle en una línea simétrica perfecta que se posaba enfrente de mí, luego, a la derecha al fondo de la calle nublada, en seguida pasó a estar detrás de mí, ahí presente respirando muy cerca de mi cuello, esperando el más leve movimiento de sospecha para realizar la estocada final. Podía sentir cómo el flujo de sangre en mi cuerpo aceleraba, cómo los músculos de mis brazos y cuello se tornaban tensos, algo estaba pasando, alguien estaba observando, esperando, esperando.

El metal frío que acompañaba a mi corazón se hizo evidente, saqué el delicado frasco de escocés y tomé un trago seco que me ayudaría a aclarar la garganta, sentí cómo el líquido bajaba suavemente por el esófago generando una molestia creciente, no pude contenerlo, por más que intenté, por más que me aterrorizaba revelar mi presencia a las criaturas solemnes de la noche, tosí.  

Un eco espantoso recorrió la calle de extremo a extremo, nada más sucedió.  Nadie ni nada parecía reaccionar, todo seguía terriblemente silencioso, con un esfuerzo casi nulo era capaz de escuchar mi propia respiración, atorrante, trancada. Sentí ganas de llorar, lo admito, pero fue entonces cuando lo escuché.

No sabía qué pensar, si huir de aquel lugar de pesadillas o quedarme, evitar una muerte lenta, un susto que recordaría por el resto de mis días.-  ¿Hombre o algo más? – pensé, mientras veía a lo lejos una figura obnubilada por los efectos de la bruma endemoniada, una figura que pronto reveló ser un anciano quién traía un baston de esos que utilizan los ciegos, “pick, pick, pick” podía escuchar los leves golpes que daba aquel bastoncillo contra la piedra congelada del suelo, aquel anciano traía un chaleco negro, unos pantalones desteñidos grises y un sobrero de ala larga que parecía ser vino tinto, “pick, pick pick”.

No tenía forma de saber qué hora era, no había recuerdos, ni alegrías sólo la luz blanca, el banco y ahora el anciano y bastón de lazarillo. Caminaba muy lento y de una manera muy peculiar casi como si estuviese a punto de perder el equilibrio por completo, de pronto se detuvo, volteó como si pudiese oler o sentir algo y se aproximó hacia el banco, hacia la luz blanca.

Aterrorizado por aquella imagen guardé lentamente la botellita de escocés en el bolsillo desahuciado de mi chaleco, respiré profundo y cerré los ojos con fuerza, eso tenía que ser una pesadilla.  Al abrirlos el anciano ya no estaba en la calle de enfrente, ¿a dónde se había ido? De pronto sentí como una mano gélida y delgada cayó sobre mi hombro, recorrió la totalidad de mi clavícula se detuvo y se devolvió hasta el hombro, haciendo el mínimo movimiento bajé la mirada para observar aquella rareza, una garra desgastada por el tiempo, llena de arrugas y venas azules, una mano espantosa, la mano del anciano.

Caminó dos pasos cortos, escurridizos y se sentó a mi lado en aquel banco, bajo aquella luz blanca, sentía que el arcaico ser quería decirme algo, decirme algo con la mirada perdida, con los ojos casi completamente blancos que inspiraban un horror tremendo, ¿qué quería decirme?

El anciano empezó a hacer sonidos que no tenían sentido alguno, su garganta se esforzaba por pronunciar palabras ahogadas por el sufrimiento de su condición, sus mano derecha agarró fuertemente mi brazo haciendo una presión inhumana, y fue entonces cuando lo ví directamente a los ojos, muy cerca, muy cerca estaba el horror.

Una profunda tristeza, un abismal sufrimiento adornado por gestos de asco y de miedo, sonidos incoherentes, sobrenaturales, aquel anciano estaba muriendo y no pude hacer más que gritar, gritar alaridos de desesperación mientras corría y me alejaba de aquel espantoso monstruo del sufrimiento, corrí y corrí a través de la bruma, todo parecía estar cada vez más oscuro y más frío.

Avanzando con tiernas lágrimas de des desesperación en mis ojos podía sentir cómo la vida y el tiempo se escapaban de mis manos, fue entonces cuando vi a lo lejos un lucerito de esperanza, entre toda aquella oscuridad un tímido cúmulo de luz que a lo lejos vivía. Corrí con todas mis fuerzas, me acerqué más, más y más.

Al llegar observé que estaba en una calle con varios edificios de lado y lado, la luz era blanca y provenía de un faro, y al lado del farol había un banco, parecía un buen lugar para esperar, para descansar.  Parecía un buen lugar para olvidarlo todo, por siempre.

La luz blanca aniquilaba mis ojos, el frío era intenso, tal vez porque era invierno, o porque sufría bajones de tensión constantes. No podía recordar cómo había llegado hasta aquel banco desolado, junto a ese farol, bajo su luz blanca, en aquella calle maldita…

Thursday, April 19, 2012

DETECTIVE


No hay manera de narrar la trágica historia que se esconde entre esas paredes, detrás de esas puertas. No tengo palabras suficientes o estudios, siquiera pistas para explicar lo sucedido pues el crimen fue cometido de la manera más perfecta que ha podido haber. Él o ella, lo saben muy bien, lo planearon, sin duda alguna, con una frialdad nefasta. Pero, ¿Quién lo cometió?

Una mañana tranquila de abril, me desperté con una sensación extraña, de que al levantarme, no habría café listo en la cocina. Bueno, debo decir que soy un adicto al café, y así entenderán que mi problema va más allá de una simple adicción. Soy detective, llego a conclusiones, traduzco la evidencia y concluyo mis casos de la manera más limpia posible. Yo desenmascaro a los culpables. Aquella tranquila mañana de abril…

Para ser más honesto aún con ustedes, les puedo decir que el señor Buñuel no me agradaba en lo absoluto, era un hombre un tanto pedante, claro, no hablaba mucho pero sus gestos eran verdaderamente despectivos. Él vivía en el piso 5, ya saben, era uno de esos vecinos que no quieres encontrarte en el elevador ni muchísimo menos en las escaleras, y aquella mañana, yo lo encontré por última vez, ¿o no?

Salí como siempre de mi apartamento en el piso 4 con mi cámara fotográfica en mano y algunos papeles para hacer mis anotaciones diarias, el edificio era un lugar muy aburrido para un joven que está de vacaciones. Me detuve frente al ascensor, esperé mientras arreglaba las mangas de mi desgastada camisa y como siempre las puertas del ascensor se abrieron, lo que vi a continuación, nunca lo olvidaré.

El Señor Buñuel se encontraba sentado en el piso del ascensor, vi que tenía sangre en su boca pero el sonido ahogado de su lucha por aire me dejó petrificado, las puertas del ascensor se cerraron. No podía creer lo que había visto, de pronto, escuché un grito de ayuda, era una mujer en la planta baja, en seguida vi hacia la puerta de mi vecina al otro lado del pasillo, la señora Vangeri, y vi que estaba abierta y que su hija, Miriam, se encontraba parada viéndome fijamente, a su lado se encontraba Diana, su amiga, su compañera de travesuras sin mover un músculo y con sus manos detrás de sus cuerpos pequeños y delicados, como si ocultasen algo – tal vez ella sabía lo que había sucedido – pensé. Luego a mi derecha, por las escaleras subió corriendo y sin decir una palabra, Nicolás, el muchacho del piso siete, de su bolsillo cayó un pañuelo, lo recogí con muchísima cautela, ¿qué estaba ocurriendo? , me pregunté. ¿Será todo esto una pesadilla’ , ¿ será que de verdad me estoy volviendo loco como dice mi mamá? Entonces recordé que había dos niñas observándome en silencio, no es una sensación agradable, así que guarde el pañuelo en el bolsillo de mi camisa y volteé lentamente para observar de nuevo a las extrañas infantes, pero la puerta ya había sido cerrada.

Bajé muy lentamente las escaleras y encontré vacíos los pasillos y los escalones, parecía no haber sucedido nada, hasta que llegué a planta baja. Al llegar pude ver a una mujer quién se encontraba haciendo una llamada telefónica, imagino que era a la policía, pero, detrás de ella vi una sombra que se movía muy lentamente como observando – Detente – le dije, pero este personaje desapareció entre la sombras del pasillo de emergencias. Corrí como pude pero ya era demasiado tarde, no estaba. Cuando volví al pasillo de entrada vi que sólo estaba el celular de la mujer sobre el suelo, pero no estaba ella, y aún peor, no estaba el cuerpo del agonizante Buñuel dentro del ascensor.

¿Qué había pasado? ¿A dónde se fue? – me pregunté.
De pronto, sonó el celular de la mujer el cual ahora yacía abandonado en el piso, me acerqué con muchísimo cuidado viendo en todas las direcciones posibles, sentía claramente cómo la sangre corría por mis venas, podía escuchar el latir de mi corazón, sólo interrumpido por aquel diabólico tono de entrada. Tomé el teléfono con la esperanza de encontrar una voz amigable del otro lado de la línea pero no fue así, una voz femenina muy clara dijo: - sube al piso 6 – y trancó de inmediato.

Para serte sincero, querido lector, no sabía qué hacer en aquel momento, era horrible lo que sucedía aquel día, horrible y fascinante. Mi primer gran caso y la oportunidad de resolverlo, de inculpar, de descubrir, de deducir. Me monté en el ascensor y presioné el botón seis, pronto llegué al pasillo y al dirigí mi mirada a ambos lados del mismo, pude ver cómo la puerta del apartamento de la derecha estaba entre abierta y de la rendija salía un delicado hilo de luz amarilla, lo que se ocultaba detrás de la puerta fue, de hecho más interesante aún. Con cuidado abrí la puerta y ahí estaba sentada ella, Alice.

Todos los edificios tienen a una mujer hermosa quien causa sospechas de todo tipo, desde su trabajo hasta su vida cotidiana,- ¿por qué es siempre tan elegante? – Me preguntaba con frecuencia, -¿será que sale por las noches a buscar víctimas, a destruir vidas, a repararlas, tal vez? – Pero ahora se encontraba sentada fumando su cigarrillo, con las piernas cruzadas y ese elegante vestido negro que la caracterizaba los viernes por la noche, pero ¿por qué? Me picó el ojo y me hizo una sutil seña para que me sentara en la silla que estaba frente a ella; nunca había estado tan cerca de esta hermosa pero siniestra mujer, era sólo una mesa de madera lo que nos separaba. Alice se me quedó mirando por unos segundos y luego de su bolso sacó una pequeña libreta, la puso sobre la mesa, ésta tenía mi nombre escrito en letras rojas seguido por la palabra “detective”.

Alice me miró a los ojos y me dijo: - Sólo tú puedes entender lo que sucedió aquí, lee la primera página y sigue a tu corazón. Saldré en este mismo instante de este apartamento, si me sigues, amor, te doy mi palabra de que te ahogarás con tu propia sangre - Me guiñó de nuevo el ojo, se levantó caminó unos pasos, me puso la mano en el hombro y suspiró… - buena suerte, “DETECTIVE”.

Definitivamente aquella era mi oportunidad, abrí la libreta y la primera página tenía escritas una frase: “No voltees”. Mi corazón empezó a latir furioso una vez más,- ¿sería aquella frase una articulada trampa para acabar conmigo, con la investigación? – me aferré a la silla como nunca antes lo había hecho y traté de calmarme, - “Sigue a tu corazón”, - ella dijo que siguiera a mi corazón, me llevé la mano al pecho y encontré el pañuelo que Nicolás había tirado, lo vi con detenimiento y me di cuenta de algo extraordinario, había algo escrito en el pañuelo: “Ellas te están observando” ¿curioso, no? ; uní la frase de la seductora libreta con aquellas palabras del pañuelo y formé mi primera movida: “No voltees, ellas te están observando” tenía que ir al apartamento de Miriam Vangeri, ella y su amiga me estaban observando cuando vi al moribundo señor Buñuel, era la única explicación.

Volteé con cautela pero nada parecía estar sucediendo, ya Alice se había marchado, salí de la misteriosa habitación y bajé las escaleras tan rápido como pude, al llegar al pasillo ví que Amanda y Diana habían armado una “Fiesta de Té” en el pasillo, esto me pareció muy perturbador, te confieso que las muñecas siempre me han dado un poco de miedo. Las niñas estaban sentadas en una mesita, al verme, Amanda, la mayor, me dijo: - Llegas a tiempo, DETECTIVE, ven siéntate conmigo y con mis amigas – No mentiré, me estaba empezando a gustar que me llamasen así, “Detective” pero algo andaba mal, el ambiente de aquel pasillo era pesado como si… como si alguien estuviese a punto de morir. Accedí a sentarme en la sillita de plástico, éramos cuatro en la mesa, Amanda, Diana, Una muñeca rubia la cual estaba toda llena de pintura roja, y yo.

- Me parece muy bien que haya llegado hasta acá, le tengo una prueba muy sencilla, si logra descifrarla podrá seguir adelante, si no, pues… usted sabe. – Dijo Amanda. La otra niña estaba inmóvil y cabizbaja, parecía muy triste, no entendía nada pero asentí con la cabeza, entonces Diana se volteó y me miró directamente a los ojos, esa mirada nunca la olvidaré. Ella me dijo: - no pierda ni un solo detalle, por favor - . Sí, sí, bueno… a ver, tendrá que cerrar sus ojos - pronunció Amanda – Cerrar sus ojos y escuchar lo que le voy a decir, si los abre jamás podrá resolver el caso. Cerré los ojos en el acto. “La segunda página revela lo que dos ojos que se miran quieren observar, no son los ojos sino lo que se esconde detrás. Cuente hasta 10 y abra los ojos”

Abrí los ojos lentamente y vi que las niñas habían desaparecido, en seguida busqué la libreta y observé la segunda página, ésta decía: “Hasta cuál piso habrá llegado” ¿Qué demonios significaba eso? “los ojos que se miran” empecé a buscar ojos en el pasillo, los únicos que habían eran los de las muñecas horrendas que tomaban el té pero una, esa rubia del vestido blanco manchado de rojo parecía estarme viendo a mí, era una sensación escalofriante, horrible. La tomé cuidadosamente y la vi muy de cerca, sus ojos parecían ser normales, “sino lo que se esconde detrás” entonces pensé que tal vez…

Volteé la muñeca levante su rubia cabellera artificial y encontré un nombre: “Nicolás” entonces uní ambas frases una vez más: “¿Hasta cuál piso habrá llegado Nicolás”. Nicolás es el vecino que tiró el pañuelo, sabía que él vive en el piso siete.

Llegué al séptimo piso lo más rápido que pude éste estaba tranquilo, parecía estar vacío hasta que escuché esos ruidos característicos que provenían del apartamento de Nicolás, toqué el timbre y este en seguida me abrió la puerta, como si me hubiese estado esperando. – Entra de una vez, pero has silencio, ellos no deben escuchar – me dijo con un tono muy nervioso. ¿Ellos? – pregunté. Entonces el joven empezó a hablar cosas sin sentido a ir de aquí para allá. – Este edificio y esta estúpida forma de hacer las cosas, el futuro, la libreta esa que tienes en la mano y el vestido blanco – todo, todo es parte de un todo, ¿no lo ves? ¿tú eres el DETECTIVE, cierto? Deberías notarlo, al diablo con esto, escúchame bien sólo lo diré una vez… la tercera página de tu libreta es la última oportunidad que tienes para… saber.

- Léela en voz alta – me dijo. “Y al final del pasillo encontrarás que todo ha de tener sentido” ¿Cuál pasillo? – pero Nicolás se quedó inmóvil, sin hacer ni un sonido más, entonces pensé en el pasillo de emergencias, sí , ese en el cual se perdió la sombra del sospechoso, tenía que bajar pero justo antes de salir del apartamento, Nicolás, me dijo: “Nunca dejes de ver hacia abajo, no te vayas a caer” y cerré la puerta detrás de mí.

Marqué el ascensor, podía escuchar las cuerdas que chirriaban al ritmo de aquel viejo y oxidado elevador, al llegar me detuve un momento y vi hacia abajo, justo como
Nicolás me lo había recomendado pero no encontré nada fuera de lo normal, entré y marque “Planta Baja” las puertas se cerraron, no podía creer lo que estaba sucediendo, realmente estaba siguiendo las pistas y desenmascarando al criminal, estaba a punto de llegar, a punto de encontrar la solución, ¿no es cierto?

Al abrirse las puertas del ascensor vi un rastro de algo que parecía sangre sobre el piso, iba justo en dirección al pasillo oscuro y misterioso, lo seguí con cautela siempre viendo hacia abajo, el rastro de sangre me llevó hasta el estacionamiento y del estacionamiento hasta un atomovil vi lo que pude por los vidrios del carro pero no había nada adentro del mismo, fue entonces cuando me di cuenta de que lo que estaba buscando tal vez no estaba dentro del automóvil, podía estar debajo de él. Puse las rodillas sobre el suelo y baje muy despacio mi cabeza entonces la vi

La muñeca del vestido blanco y de cabellos rubios estaba llena de ese extraño líquido escarlata, de pronto sonó una alarma de un carro casi puedo jurar que escuché un grito muy agudo, y en el momento pensé que podían ser mis nervios, la muñeca estaba llena de tinta roja, pero ninguna pista relevante para el caso, levanté la muñeca y su cabeza se desprendió dentro de la misma había un papel y adentro una última frase: “¿Te rindes?” y en la cuarta página de la libreta estaba escrito: “Vuelve a comenzar”

No podía creer lo que estaba viendo, no podía ser que había perdido, no podía ser, a menos que…

Subí al ascensor y marqué el piso seis, “Vuelve a comenzar” sólo había un lugar al que podía ir, el apartamento de Alice, de nuevo al punto de partida. Las puertas del ascensor se abrieron y como un Deja Vu observé el delgado hilo de luz que provenía del apartamento de la seductora mujer , me acerqué con extrema precaución, escuché voces, ruidos, ahí debían estar los asesinos, los culpables, me metí poco a poco en el apartamento y los vi por primera vez.

Todos estaban en la sala, tomando champaña, me vieron y en seguida detuvieron el tiempo de su cronómetro, se acercaron a mí y me ofrecieron champaña entre sonrisas y abrazos, todos estaban ahí, todos me felicitaban porque había mejorado el tiempo.

Año tras año todos en este edificio los vecinos se ponen de acuerdo para articular un juego de muertes y pistas, un juego que sólo yo puedo descifrar y así lo he hecho, año tras año miden el tiempo en el que lo hago porque saben que tal vez un día pueda convertirme en un excelente DETECTIVE.

Alice con su elegante vestido y sus ojos de esmeralda me abrazó, el viejo Buñuel a quien maquilaron a la perfección me veía con alegría, tanto Nicolás como la mujer del celular (Lisbeth) hablaban y se sonreían por cómo había salido todo, yo sólo podía beber mi champaña y disfrutar de cómo todo había terminado, y fue entonces cuando la vi.

Entre todas esas caras felices que logro ver año tras año había una cara triste, era Amanda estaba callada y cabizbaja y sostenía algo que parecía un mechón de pelo, un mechón de pelo rubio, ella subió la cabeza y me vio directo a los ojos con esa mirada de tristeza interminable, inolvidable, entonces vinieron muchas imágenes a mi cabeza: “No se pierda ni un solo detalle por favor” la imagen la muñeca del vestido blanco, el suspiro triste de Alice, las palabras de Nicolás, la muñeca ensangrentada, el grito que creí haber escuchado…

Año tras año todos en este edificio los vecinos se ponen de acuerdo para articular un juego de muertes y pistas, un juego que sólo yo puedo descifrar. Pero, Diana…

¿Dónde está Diana?

Monday, November 7, 2011

¿Qué es un monstruo?



Un monstruo es un ser biológico, real y tangible que nace a partir de nuestras ideas.
Un monstruo es una criatura única que se perpetua a lo largo del tiempo y vive en los rincones más oscuros y solitarios de nuestra memoria. Un monstruo puede ser estéticamente, y por convenciones sociales, lo que conocemos hoy en día como una bella dama o, por otro lado, una compleja criatura de afilados dientes y ojos escarlata que espera tranquila dentro de un armario, o detrás de una puerta. Relacionándolo con el miedo, un monstruo puede hacer presencia en un momento súbito de soledad, y ahora pienso en uno muy particular:

Un conductor maneja su viejo vehículo bajo la delicada luz de la luna y de las estrellas en una carretera que parece infinita; en una noche que parece más oscura que todas las anteriores. De pronto, la soledad lo ataca, y deja escapar a los monstruos que dormidos yacían en el escaparate de sus memorias.

Un trémulo quejido que proviene del asiento trasero intenta apoderarse del conductor; una quejumbrosa voz femenina acosa hasta al más pequeño de sus análisis pseudo científicos, y entonces ocurre. Ya con la frente y las manos sudorosas el conductor se atreve, muy valientemente, a observar por el retrovisor frontal, y observa a una joven mujer que solloza cabizbaja justo en el medio de los asientos traseros. Ella sostiene su cuello como si no pudiese respirar, y por el sonido que proyecta su garganta, el conductor piensa que ésta se encuentra tragando líquido, tal vez agua, o sangre tal vez.

El hombre no sabe qué hacer, su sangre se ha tornado gélida y su pulso tan rápido como el galopar de un caballo salvaje, indomable. El sujeto acelera como único reflejo consciente que su primitivo cerebro alcanza a conseguir. La mujer, por su parte, retira la mano lentamente de su garganta y la alza sobre el nivel de su cabeza; el conductor alcanza a ver que esa tétrica mano está cubierta de un fluido que parece sangre, pero muy oscura, casi negra; la cabeza de la mujer sigue en una posición que no da ni una pequeña pista de cómo es su rostro y sus quejidos sólo se intensifican.

El conductor ahora no sólo confundido sino aterrado frena de golpe; el chirrido de los cauchos inunda la carretera, el desierto y la noche. El coche inmóvil se transformó en el lugar más solitario del planeta; el hombre ahora se aferra al volante como si su vida dependiese de ello; no logra sostener ni el más simple de los hilos de sus ideas; cierra los ojos y pide desesperadamente a Dios, si es que alguna vez existió un Dios, que al abrirlos, aquella criatura de lo macabro haya desaparecido.

Abrió los ojos, y al mirar por el endemoniado retrovisor no logró encontrar la figura de aquella monstruosidad. Revisó con cuidado y no pudo siquiera sentir su presencia, así que arrancó y se alejó de aquel sitio para más nunca volver.

La vida de un monstruo es perenne, como digo, a ratos es intrigante y de pronto sumamente espantosa. No pretendo convencerte de su existencia, ni planeo explicar su naturaleza pura pero, las gotas de sangre siguen en el asiento trasero de aquel viejo coche y el recuerdo de aquellos quejidos desesperados estarán por siempre en tu memoria.

Tuesday, October 18, 2011

Mi nombre es Logan...


Desperté en un sitio muy tranquilo, era como un paraíso en la tierra; recuerdo que las nubes multiformes pasaban bailando frente a mis ojos. Escuchaba a los niños correr y reír; sentía la brisa tranquila que lograba deslizarse por los pliegues de mi ropa, era una armonía equilibrada en todo lo que me rodeaba aquel día, todo parecía tan tranquilo, tan normal, la noche estaba comenzando.

Mi nombre es Logan, o tal vez Robert… no puedo recordar cómo llegué aquí, lo único que sé es que aunque todos estos rostros son nuevos para mí, tienen un aire de familiaridad que me pone los pelos de punta. La vida es muy bella, y aunque no estoy seguro de mi nombre, todo marcha con tranquilidad. El parque yace solo y yo sigo aquí, no hay niños, no hay ladridos, sólo la luz de las estrellas y mi humilde presencia que no perturba ni al más pequeño de los insectos. Tal vez si camino encontraré al amor de mi vida, o ¿quién sabe? Tal vez ese amor ya ido para nunca más volver. Soy un anciano, no sé qué hacer.

Mi nombre es Logan, o tal vez Russell, no puedo recordar cómo llegué aquí, lo único que sé es que me vestí para la ocasión más especial de este mundo, la busco a ella sin descanso, pues, es quién me hace sentir vivo aunque parezca no estarlo. Me vestí para esta ocasión con chaleco y pantalón, camisa, sombrero de ala corta y corbatín, pues no sé si la muerte me encuentre vagando en un momento de elegancia y quiera seducir a esta triste alma sin nombre que vaga por ahí, por el parque.

Mi nombre es Logan, o tal vez Frank, no puedo sentir el pasar del tiempo, o la lluvia que ha empezado a caer, o las risas de los que demente me llaman, pues no los entiendo, no los conozco, no los recuerdo. Y aún así sigo caminando con la frente en alto, sin saber si mi vida va a empezar o está a punto de terminar, ¿Quién soy?.

Mi nombre es Logan, o tal vez Joseph, no puedo entender el reflejo de la luna que ya se oculta detrás de los árboles, el tiempo se nos escapa de las manos, la vida parece estar llena de lindos momentos, ¡si tan sólo pudiese alcanzarlos!, pero, por desgracia, no los recuerdo.

Mi nombre es Logan, o tal vez Albert, me detendré aquí, parece un bonito sitio, sigue siendo el parque pero ya está a punto de amanecer, escucho a lo lejos las sirenas, las campanillas de las bicicletas que ansiosas recorren la vecindad arrojando los diarios, escucho mi nombre a gritos y empiezo a recordar…

Desde que me diagnosticaron Alzheimer salgo en la noche persiguiendo a las estrellas, soñando con un final feliz, de esos que aparecen en los cuentos de hadas; salgo en busca de mi amor, quien ya se ha marchado hace algunos años, me visto como de costumbre, muy elegante para enfrentar a la noche, rodeo el parque y llego aquí, la policía me toma de los brazos, me hacen daño y me preguntan siempre la misma pregunta, aquella que nunca podré responder.

Me preguntan mi nombre.

Tuesday, August 9, 2011

Marioneta




No creo en la suerte, nunca lo he hecho, pero, que estés leyendo este relato, me intriga de sobremanera. Disfruto mucho los momentos de reflexión que tengo con mis camaradas, aquellos que ven y asienten felices mientras están sentados en sus sillitas rojas, ya sabes, las viejas del teatro municipal. Aquel que fue clausurado en 1765 por el gran incendio.

Las tablas han sido mis confidentes, el telón mi verdugo. La verdad es que la vida en el teatro es muy placentera, pues puedes gozar de las experiencias de otros, de los personajes, me refiero. Actuar de aquí para allá me hace feliz, no soy yo, soy alguien más. La pregunta, querido lector es: ¿quién eres tú?

Fue una noche de diciembre, recuerdo, sí, la de mi cumpleaños número 78. Por supuesto esa noche me presentaría en el teatro municipal, haría mi grandioso número de títeres, mi grandioso número de despedida. ¿Qué puedo decir? Me hice famoso creando marionetas; no es un arte sencillo, debo admitirlo, pero, es muy gratificante ver los rostros felices de los que compran el boleto para ver mi humilde acto.

Durante mucho tiempo me dediqué a tallar las muñecas de madera que me sirven de modelo para obtener las distintas personalidades de mis protagonistas. Navaja en mano comenzaba a imaginar cómo sería ese nuevo ser, ese nuevo personaje; me deslumbraba con las líneas de Shakespeare para que ese nuevo títere fuese reflexivo y complejo de pensamiento; me enamoraba con las palabras de Neruda y surgía una marioneta apasionada y trémula con fuertes convicciones en el amor, como ves, no fue sencillo, pues cada uno de mis personajes tuvo su propio mundo, su propia convicción.

Poco a poco fui interesándome en crear nuevas y mejores historias para presentarlas en el teatro, la audiencia nunca me defraudó, me acompañaron en las buenas y en las malas. Te digo con firmeza que llegó un punto en el que creí que mis títeres, mis camaradas, tenían vida propia. Me hablaban de cosas grandiosas que ocurrían en el mundo de los hilos de nylon, me decían que no había que preocuparse por la muerte y esas cosas, yo los escuchaba, sabía que no eran reales, que eran simples figuras de madera y yo un loco apasionado del teatro, del teatro municipal.

Esa noche de diciembre tenía planeado un número sin igual, presentaría a todas mis creaciones sobre el escenario, les daría las gracias por su apoyo y, por primera vez abandonaría las tablas para sumarme al público y aplaudir por el éxito de esos grandiosos caracteres. Así mismo me preparé detrás del gran verdugo rojo, trataba de escuchar los comentarios de los citadinos, quienes, ansiosos esperaban por ver el desenlace de mi carrera, aún así, no podía escuchar nada.

Me aproximé al telón y éste se abrió, revelando mi presencia a los espectadores, saludé, hice reverencia ante ellos y con hermosas palabras presenté a mis personajes. Yo sólo tenía que mover esos plateados hilos de nylon para que dijeran sus líneas, para que expresaran sus pasiones, sus creencias. El público, nostálgico, se notaba inmóvil sobre sus sillitas rojas, la emoción era elevada, y el tiempo se agotaba, el final estaba cerca.

Una vez concluida la presentación, hice lo prometido, le dije a mi público que me bajaría del escenario y los conocería a cada uno de ellos. Y así lo hice, bajé de las tablas por primera vez en mi vida y me acerqué a la graciosa señora del sombrero de plumas azules y le dije: - ¿Es usted seguidora de mis actos? – pero no hallé respuesta, creí que posiblemente estaba tan conmovida por lo que había presenciado segundos atrás que no podía ni pronunciar unas simples palabras, así que decidí ir un poco más hacia el centro del público y me topé con un caballero muy elegante que utilizaba sombrero de copa y le pregunté: - ¿ Disfrutó usted de mi acto? – pero no hallé respuesta alguna, el impacto de mi última presentación había sido estupenda, - les robé el habla- pensé.

No iba a salir del teatro municipal sin tener aunque sea una opinión, una crítica, así que me acerqué a un pequeño niño que estaba muy cerca de la salida del teatro, éste me conmovió muchísimo porque era inválido, muy pequeño y sin un brazo, pobre criatura. Me acerqué y le pregunté: - ¿Te gustaría ser titiritero cuando crezcas, pequeño? – pero no hallé respuesta alguna, algo malo estaba pasando, pero, no sentía miedo, no lo sentí jamás.

Lo único que podía hacer era salir del teatro por primera vez en mi vida, después de 78 años de trabajo. Caminé con un paso un poco acelerado hacia la salida y justo cuando estaba a punto de salir, sentí un jalón impresionante que me derrumbó al piso y me hizo tropezar con varios de los que cerca de la salida se encontraban – disculpen, soy un viejo torpe – les dije, pero no encontré respuesta alguna. Parecían estar petrificados o, peor aún, muertos.

Corrí de aquí para allá buscando a alguien con vida, pero todos estaban paralizados, no entendía qué estaba sucediendo hasta que, un segundo jalón, me llevó por los aires de nuevo hacia el escenario, caí de manera rotunda sobre mis amadas tablas pero no sentí dolor alguno. Fue entonces cuando vi hacia el techo inexplorado de mi amado teatro municipal y lo que vi fue lo más aterrador que he visto en mi vida. Hilos de plata que caían desde una eterna bóveda oscura que se posaba sobre mi cabeza, atados a mi espalda, como si yo… como si yo hubiese sido durante toda mi vida, una marioneta.

“La pregunta querido lector es: ¿Quién eres tú?”

Monday, June 6, 2011

Galloway y el ascensor


No puedo describir el horror que sentí al ver a Galloway muerto en el suelo de aquel oxidado elevador. Les mentiría si les dijera que estoy en pena, pues, era un monstruo y se lo merecía, pero no de ese modo, no así.

Una tarde de abril, un hombre alto de piel blanca y ojos negros se encontraba esperando serenamente el ascensor en una vieja torre olvidada ya por aquellos que huyen del destino. Galloway era su nombre, vestía un traje azul marino impecable, unos zapatos que daban un toque de elegancia único a su porte y un pañuelo blanco que pretendía ser esperanza en la caja de pandora que era aquel individuo. A su lado yacía el cadáver de una pequeña niña de cabellos negruzcos y ojos de zafiro, Amanda era su nombre. Nadie se acercó a él esa tarde pues el crimen ya había sido cometido, sus manos como rubíes adornaban aquella escena tétrica, la espera del ascensor.

Gota a gota se inundaba el piso de ese pasillo maldito, segundo tras segundo la sangre de aquella indefensa niña se perdía en la alfombra temerosa bajo los pies del asesino. No existía brillo alguno en su mirada, Galloway la había matado y ahora preparaba su escape, su salida triunfal. De pronto un sonido agudo anunció la llegada de su fin; las puertas doradas se abrieron y él, sin vacilar, entró arrastrando el cuerpo mutilado de la dulce infante en la cabina de su propia muerte, la cabina de aquel oxidado elevador.

Una vez adentro marcó el botón que lo llevaría al Averno. La ingeniería hizo su trabajo y la máquina empezó a descender, Galloway sereno se regocijaba con la idea de que, al fin lo había logrado, había asesinado a esa niña que lo perseguía día y noche, a esa criatura endemoniada que no lo dejaba dormir, que no lo dejaba soñar. De pronto un chirrido insoportable detuvo las tuercas y el descenso, las luces ya no estaban y el asesino se encontraba solo, en completa y total oscuridad.

-¿Qué demonios sucede aquí? – se preguntó a sí mismo. – ¿Puede alguien escucharme? – pero ningún sonido parecía tener piedad de él. Encerrado en una vieja cabina de ascensor, Galloway se dio cuenta de que tarde o temprano el espectro de aquella niña ensangrentada vendría por él para atormentarlo, para cobrar venganza. La oscuridad se hacía profunda, el desgraciado hombre podía escuchar su propia respiración y sólo alcanzaba a ver el rostro lúgubre de Amanda quién llorando y riendo lo asechaba desde el otro lado del ascensor.

Una gota fría de sudor recorría la espalda del asesino mientras presenciaba la lenta agonía de su víctima justo frente a sus ojos. La oscuridad esclarecía ante los gemidos de Amanda, la noche y el día no tenían sentido ya; el calor de aquella cabina infernal se hacía cada vez más y más intenso; la máquina que alguna vez fue, ya no era, nunca lo había sido.

Entonces, un sonido sordo, un grito de angustia llenó el diminuto espacio entre la víctima y el victimario, un grito de terror, un vociferante alarido que venía desde el otro lado de la cabina. Galloway se levantó y sin pensarlo empezó a darle golpes de rabia y terror al espejo invisible de aquel ascensor para encontrar sólo el rostro de Amanda roto, mutilado en el piso, en sus manos. La sangre cubría el suelo de lo que alguna vez fue su genial artefacto de escape, los delicados rubíes inundaba aquel espacio como si sus miedos hubiesen colmado la copa de su existir y Amanda seguía ahí, muerta, pero disfrutando de su venganza.

Galloway no lo pudo resistir más y empezó a dar brincos de locura, ternura y terror. El cuerpo de Amanda se levanto y tomó su mano, él no podía ver nada pero podía sentirlo todo.

No puedo describir el horror que sentí al ver a Galloway muerto en el suelo de aquel oxidado elevador. Les mentiría si les dijera que estoy en pena, pues, era un monstruo y se lo merecía, pero no de ese modo, no así. Esa noche, en la madrugada, lograron abrir la cabina, Galloway había muerto de un ataque al corazón, el doctor dijo que había sido un ataque de pánico, yo creo que murió de culpa. Mi cuerpo nunca fue encontrado aunque yo sigo aquí, esperando a los culpables, mutilando a los endemoniados, siempre a oscuras, siempre en la cabina de este oxidado ascensor.